jueves, 25 de mayo de 2017

DIARIO DE ABORDO: La Spezia

   Nuestro cuarto día de crucero suponía nuestro primer gran dilema. Amanecíamos en La Spezia, un puerto al norte de Italia, y las alternativas que teníamos para ese día eran todas muy tentadoras. Por un lado se podía visitar la región de las Cinque Terre, un conjunto de pueblos marineros que a juzgar por la fotos parecían de lo más pintoresco, o por otro lado visitar las monumentales ciudades de Pisa y Florencia. Por un criterio de importancia histórica decidimos quedarnos con esta segunda opción.
   Aunque habíamos leído que sale mucho más económico organizar las visitas por tu cuenta, dada la complejidad de las visitas, con varias horas de autobús de por medio, decidimos contratar la excursión en el mismo barco. Terminaron de convencernos cuando nos dijeron que el crucero nunca zarpa sin que hayan llegado de vuelta todas sus excursiones. Pero si vas por tu cuenta y tienes algún percance que te impida llegar a tiempo, ya te puedes organizar para llegar por tierra al siguiente puerto donde atraca el crucero el día siguiente. Y nosotros antes muertos que perdernos una noche de "todo incluido".
   Para las excursiones te citan a una hora determinada en uno de los bares o restaurantes y te asignan un guía que te acompañará durante todo el día. Nuestra hora de encuentro era a las 9:45, así que nos dio tiempo a desayunar con calma de nuevo en el restaurante a la carta. Poco más tarde de las 10 estábamos en el autobús dirección a Pisa (1 hora de trayecto). A nuestra izquierda desde la autopista íbamos viendo las montañas perforadas por canteras de donde se sacaba el mármol con el que se hicieron casi todos los monumentos que veríamos a lo largo de ese día. El famoso mármol de Carrara.
   Pisa nos decepcionó un poco. O por lo menos no vimos demasiado. El autobús nos dejó a las afueras y caminamos durante unos 10 minutos entre tiendas de souvenirs hasta llegar a la plaza del Duomo. En la plaza están el Baptisterio, el Duomo y la famosa torre inclinada. La verdad que el complejo en si impresiona, pero ya no hay más que ver. Nos hicimos la foto de rigor sujetando imaginariamente la torre (cuenta la leyenda que si no te haces esa foto te pegan una paliza un grupo de turistas japoneses a la salida) y entramos tanto en el Duomo como en el Baptisterio. Muy impresionantes también desde el interior con su color blanco característico de mármol. Después hicimos tiempo paseando por los jardines hasta que llegó la hora de volver al punto de encuentro. Para variar hubo un matrimonio de graciosos que se les pasó la hora y nos hicieron esperar más de 20 minutos. El problema era que los minutos de más en Pisa suponían menos tiempo en Florencia, así que cuando por fin aparecieron todo el autobús les quería partir la cara con una preciosa loseta de mármol.
   Templados un poco los ánimos pusimos rumbo a Florencia (1 hora y media de trayecto). Al llegar se repitió la operación. El autobús nos dejó a las afueras y caminamos en grupo hasta los puntos más emblemáticos de la ciudad. La sensación era de una ciudad considerablemente más grande que Pisa, y por tanto con más cosas que ver. Callejeamos por el centro histórico repleto de gente. Visitamos la correspondiente plaza del Duomo, con su Baptisterio y la impresionante Catedral. Todo ello del característico color blanco del mármol. Fuimos a la plaza de la Señoría, que parece un museo al aire libre repleta de esculturas, incluida una replica del famoso David de Miguel Angel. (El original está a buen recaudo en la galería de la academia de arte de la ciudad). Nos asomamos al río a contemplar el famoso Ponte Vecchio. Y aún tuvimos tiempo libre para pasear por nuestra cuenta, ir al Hard Rock Café a por un vaso de chupito para nuestra colección, comer en una tranquila terraza y disfrutar de un helado riquísimo de una de las impresionantes heladerías que había por el centro. En definitiva, entre Iglesias, Palacetes, esculturas y edificios señoriales la ciudad es muy bonita y merece la pena. Para terminar la visita el autobús dio una vuelta por las afueras de la ciudad subiendo hasta una especie de mirador desde donde pudimos contemplar Florencia bajo un precioso atardecer.
   El viaje de vuelta hasta el barco (2 horas de trayecto) tuvo su momento mítico cuando Franco, el chofer, se nos vino arriba y empezó a pinchar música para excursiones de colegio mientras que encendía y apagaba luces y nos enseñaba una coreografía de lo más friki. Todo un personaje el tal Franco.
   Llegamos al barco relativamente tarde, pero nos dio tiempo a descansar un poco y disfrutar una noche más de los bares y de una rica cena.



viernes, 19 de mayo de 2017

DIARIO DE ABORDO: Nápoles

   Nápoles nos recibió lluvioso. Lo cual le daba aun un aspecto más pintoresco a la imagen de la ciudad que teníamos desde el ventanal del restaurante donde habíamos decidido desayunar ese día. El Restaurante Fiorentino. Al ya clásico buffet, aquí añadían la opción de desayuno a la carta con platos cocinados (tostadas, tortitas, huevos revueltos, salchichas, huevos con bacon, etc).
   El muelle donde atracó el crucero estaba justo al pie de la ciudad. Presidiendo el puerto el castillo Nuovo nos daba la bienvenida. Al bajar del barco las primeras diferencias con España se hicieron notar. Mientras que en Gijón las tiendas de souvenirs venden ropa tipo "les camisetes", en las tiendas para turistas de Nápoles había trajes con corbata. No había duda, estábamos en Italia.
   La suerte quiso que a la hora de desembarcar parase de llover, y quedó un día muy agradable.
   Nuestra primera visita fue al castillo. Tampoco nos quedada otra alternativa porque para salir del puerto teníamos que pasar junto a él. De piedra negra impresionaba más por fuera que por dentro. Aunque tampoco le dedicamos muco tiempo. Nos asomamos al patio hasta donde era gratis. En el momento que nos hablaron de euros decidimos salir. Luego fuimos a la Piazza del Plebiscito. Una plaza enorme junto a la basílica de San Francisco de Paula que no estaba muy lejos, y desde ahí a las galerías Umberto I, impresionantes con sus techos y cúpula de cristal y las fachadas interiores llenas de ventanales. Aunque estaban un poco deslucidas por uno de los enemigos de los turistas: las obras de rehabilitación y sus malditos andamios.
   Después de estas tres primeras visitas, que estaban muy cerca unas de otras y próximas al puerto, nos tocó adentrarnos en la ciudad. Personalmente Nápoles me encantó. Es sucia, desordenada, oscura, caótica, pero tiene algo. Nunca viviría en ella pero, estando de viaje en el sur de Italia, en la ciudad de la camorra, creo que era justo lo que me quería encontrar. Pasear por sus ajetreados callejones, con motos apareciendo a toda velocidad sin previo aviso, para desembocar por sorpresa en pequeñas plazoletas o en alguna de las numerosas iglesias, fue una experiencia de lo más pintoresca. Nunca olvidaré el café expreso que tomamos en la terraza de una de las muchas cafeterías que daban vida a la ciudad al son de un acordeón que hacía la escena aun más de película.
   Otro de los lugares más pintorescos de la ciudad es la Via San Gregorio Armero. Una calle entera dedicada durante todo el año a la venta de figuras de nacimiento. Miles de pequeños personajes decoraban los escaparates y las estanterías. Todos los oficios posibles estaban representados, y muchas de las figuras tenían incluso movimiento. También había representaciones de algún que otro personaje famoso. Vamos, que aquello era el paraíso de los amantes de los belenes.
   Tampoco olvidaré la que ha sido la mejor pizza que he comido en mi vida. Después de hacer una pequeña investigación por internet sobre dónde comer nos decidimos por la pizzería Gino Sorbillo, en la Via Tribunali, y fué todo un acierto. Aunque era temprano para comer, no eran más de las 12:30, teníamos que estar de vuelta en el barco antes de las 2, y estando en la cuna gastronómica de la pizza no podíamos dejar pasar la oportunidad. Probamos una Marinnara y una Margarita, y tengo la triste sensación de que nunca una pizza volverá a saberme igual. Sencillamente impresionante.
   Cada país tiene sus estereotipos, algunos más ciertos que otros, pero el de Italia y la moda tiene su fundamento. Solo así se explica entrar en una tienda para comprar un vestido y que la dependienta te intente vender la colección otoño-invierno al completo. Eso sí, todo perfectamente conjuntado.
   Volvimos al barco temprano y nos buscamos un lugar desde donde despedir Nápoles mientras zarpábamos. El día empezaba a ponerse desagradable y amenazaba con volver a llover, así que nos resguardamos en una de las cafeterías con terraza. A lo lejos, bajo las nubes, el imponente monte Vesubio se iba haciendo pequeño mientras disfrutábamos de un café. Definitivamente, Nápoles es una ciudad especial.
   La tarde a bordo la destinamos al vicio. El todo incluido seguía dando mucho juego, así como el casino, donde empezábamos a hacer nuestros pinitos. Antes de cenar vimos un espectáculo en el teatro del barco basado en "las mejores canciones italianas". Y la cena, como las anteriores, una pasada.


martes, 16 de mayo de 2017

DIARIO DE ABORDO: Día de Navegación

   Despertase con resaca en un barco no es precisamente la sensación más agradable del mundo, pero la noche anterior había merecido la pena. A pesar de ser el día de navegación no dormimos la mañana porque un desayuno buffet no se puede dejar pasar, y porque a la una queríamos asistir a un espectáculo que había en el teatro del barco: Feel the beat!. La verdad que no fue nada del otro mundo. Se trataba de unos percusionistas bailando y dando golpes a todo lo que había por el escenario. No lo hacían mal, pero resultó un poco monótono. Lo realmente impresionante era el tamaño del teatro con sus 3 pisos de altura y lleno de gente hasta la bandera.
   El resto del día lo pasamos recuperándonos de la noche anterior tumbados al sol y disfrutando de las instalaciones del crucero: bares, restaurantes, casino, tiendas, piscinas, etc. El barco era demasiado grande y los pasillos parecían laberintos. En ocasiones uno no era capaz de distinguir en que dirección estaba caminando, lo cual puede parecer gracioso, pero cuando se trata de encontrar el camarote para ir al baño en pleno apretón, puede causar un autentico ataque de pánico (true story!). Al mismo tiempo, seguíamos tachando cócteles de nuestra personal lista de "bebidas por probar".
   Una vez avanzada la tarde tocó ponerse elegante porque se celebraba ni más ni menos que la cena de gala con el capitán. En nuestro caso, una camisa y una corbata, o un vestido bonito, fueron suficientes. Otros pasajeros debieron de pensar que iban a recoger un Oscar esa noche a juzgar por los trajes y lentejuelas que se dejaron ver por los pasillos. Por lo que respecta al capitán, lo más cerca que lo vimos fue a unos 10 metros rodeado de personal de seguridad. Hubo quien prefirió hacer una cola kilométrica para tomarse una foto con él. Ni que fuera George Clooney. Nosotros preferimos dedicar ese tiempo a escuchar algo de música en directo en nuestro bar favorito.
   La cena estuvo muy bien. En general la comida del barco estaba genial, si bien esa noche le habían dado un toque aún más gourmet, si es que eso era posible. Aunque lo mejor llegó después de la cena en el hall de entrada (o atrio como ellos lo llamaban), el cual habían convertido en una especie de discoteca. La gente no paraba de bailar contagiados por el ritmo de los animadores que repartían pulseritas fluorescentes y utilizaban los ascensores transparentes como gogoteras. La risión fue una niña, o no tan niña porque ya estaba en edad de dar vergüenza ajena, que quiso tener su minuto de gloria bailando en uno de los ascensores. Al principio era graciosa, pero después de media hora apetecía llamar a seguridad. A los padres no se les podía llamar porque estoy seguro de que ya habían saltado por la borda.
   En definitiva, una noche de fiesta para terminar el día de navegación. A la mañana siguiente pisaríamos por primera vez la bella Italia.


   

sábado, 13 de mayo de 2017

CHEF RODRÍGUEZ: Ensalada variada con Gula


   Ingredientes:
-Lechuga variada
-1 Lata de bonito en aceite de Oliva
-1 Huevo
-Tomate
-Salmón ahumado
-1 Patata
-Gula
-Aceite de Oiva
-Ajo
-Eneldo
-Sal y pimienta

   Hacemos una cama con laminas de patata cocida. Sobre la misma colocamos el resto de ingredientes: La lechuga salpimentada, el bonito (aprovechando el aceite de la lata para aliñar la lechuga), el salmón ahumado espolvoreado con eneldo, el tomate laminado, el huevo cocido y la gula después de freírla en una sartén con un poco de aceite de oliva y ajo.