lunes, 9 de abril de 2018

DIARIO DE UN PAPA PRIMERIZO: Clases post-parto

   Martes 27 de Marzo de 2018.
   Hoy hemos empezado a acudir a unas clases post-parto que dan las matronas que nos atendieron durante el embarazo en el mismo centro de salud del parque.
   El curso lo dan en la sala donde las mamás hacen sus ejercicios de preparación al parto, así que está lleno de colchonetas y balones gigantes. Todos nos sentamos en las colchonetas con nuestros bebés y vamos hablando sobre diferentes temas.
   Hoy le han explicado a mi mujer cómo hacer ejercicios de recuperación. Se tratan de unos movimientos con la respiración para fortalecer de nuevo las zonas debilitadas tras el parto como el suelo pélvico. También hemos hablado sobre las dificultades que nos vamos encontrando. En ese sentido había de todo. Bebés que comen mucho, bebés que comen poco, etc. Es agradable compartir las experiencias con otras personas y ver que todos pasamos por dificultades con nuestros niños.
   Mateo era el más pequeño de la clase. Aún no tiene un mes y de los otros niños el más pequeño ya casi tenía 3 meses. De todas formas se portó bastante bien. Solo lloró un poco y rápidamente mi mujer le dió el pecho y se tranquilizó.
   De hecho casi todas las madre sacaron la teta en algún momento, y aunque sé que es algo natural no sé para dónde mirar en esos momentos. Además, hasta última hora fuí el único papá en la clase.

martes, 3 de abril de 2018

DIARIO DE UN PAPA PRIMERIZO: El parto II

   De alguna manera estaba escrito que el 28 de Febrero de 2018 iba a ser un día especial, y en los días especiales ocurren cosas especiales.
   Me despertó el sonido de mi teléfono móvil. Era mi madre para decirme que ya se acercaba el momento y de paso preguntarme si había mirado por la ventana.
   Me levanté del incómodo sillón y me asomé por la cristalera de la habitación. No me lo podía creer, estaba nevando! Los coches del aparcamiento, los jardines y los prados que rodeaban el hospital amanecían cubiertos de una blanca capa de nieve. Parecía como si alguien desde algún sitio quisiese poner un toque aún más mágico a un día que recordaremos para siempre.
   Rápidamente me dirigí de nuevo a la zona de dilatación donde estaban mi mujer y mi madre. Eran las 8 de la mañana. Mi mujer había conseguido dormir un poco y se la veía más descansada. Ya había dilatado bastante, pero aun le quedaba mucho. Nos dijeron que el niño no nacería antes del medio día, así que me escapé un rato a la cafetería del hospital a desayunar algo. La noche la había aguantado con unas barritas energéticas que casi sin querer había metido en la maleta, pero mi estómago ya pedía algo más contundente.
   Ya con las pilas cargadas regresé junto a mi mujer y ya no me separé de ella hasta que fuimos 3. El resto de la mañana pasó relativamente rápido. Cada poco venían a comprobar cómo iba la dilatación y la frecuencia de las contracciones. Gracias a la epidural mi mujer no tenía demasiados dolores y el anestesista le había indicado un botón para pulsar en caso de que las molestias aumentasen y darse un chute extra de anestesia. Cuando las matronas se enteraron de esto querían matarle. Al parecer ya se había pasado con la dosis de todas las embarazadas de esa noche y eso era la gota que colmaba el vaso. Supuestamente es necesario que la embarazada sienta algo de dolor para identificar las contracciones y saber cuando empujar, pero allí nadie sentía nada. Según las matronas todos los partos estaban "bloqueados". Bueno, todos no. Una valiente que decidió no utilizar la epidural gritaba como si la estuviese interrogando la santa inquisición. Por un momento pensamos temimos que eso fuera lo normal, hasta que nos confirmaron que la chica no había querido la anestesia y respiramos más tranquilos.
   Pasadas unas horas nos dijeron que era el momento de empezar a empujar y una de las matronas junto con una estudiante se quedó con nosotros para ayudarnos. Cada vez que el monitor indicaba una contracción mandaba a mi mujer que empujase aguantando la respiración mientras que ella metía los dedos para ayudar a ensanchar el hueco por el que debía de salir el bebé. Ya no se ni las veces que le escuché decir a esa mujer: ahora puja, fuerte, fuerte, fuerte, puja, puja, aguanta, aguanta, puja, fuerte, fuerte, fuerte, descansa. Poco a poco la cosa fue avanzando y a una de estas que me dio por asomarme ya se veía parte de la cabecita del bebe como un coco peludo que intentaba salir.
   La situación se repetía una y otra vez, pero no conseguían que la cabeza asomase del todo. Cada poco venía la ginecóloga para ver como evolucionaba la cosa y en una de estas se percató que el liquido que salía estaba manchado, lo cual era señal de que el bebé se había hecho caca. Nos dijeron que era normal y que no pasaba nada, pero yo pude notar como desde ese momento las matronas empezaron a acelerar todo el proceso. De hecho no tardaron en pasarnos al paritorio para terminar el parto. Al parecer, el bebé venía con una vuelta de cordón y por eso no terminaba de asomar la cabeza. En cada contracción mi mujer conseguía bajarlo hasta la salida, pero al dejar de empujar el cordón volvía a tirar de él para dentro. La ginecóloga estuvo muy acertada al darse cuenta del peligro.
   Tal era la prisa por sacar al bebé que no dudaron en tirar de bisturí y darle un buen corte a mi mujer ahí abajo. Al mismo tiempo una de las matronas se tumbaba sobre el pecho de mi mujer para empujar desde arriba. No se como de tensa era la situación porque desde el desconocimiento no te enteras de nada, pero no me parecía muy cotidiano el procedimiento. Además, eramos en el paritorio 8 personas. Mi mujer (por supuesto), mi madre, dos matronas, una estudiante, la ginecóloga, una auxiliar y yo.
   Yo permanecía junto con mi madre a la altura de la cabeza de mi mujer hasta que la estudiante me hizo un gesto para que me acercase a mirar y apenas me dió tiempo a asomarme cuando de dos empujones más apareció Mateo.
   Durante todo el embarazo había tenido mucho miedo de cómo reaccionaria en el parto. No soy una persona demasiado aprensiva, pero las imágenes que se llegan a ver no son del todo agradables. Sin embargo, es cómo si lo que estás viendo estuviese en un segundo plano. Al asomarme y ver aquel tremendo corte y toda aquella sangre no sentí miedo ninguno. Es como si mis ojos viesen solo lo importante, y lo importante sucedió a los pocos segundos cuando salió mi pequeño. Recordaré ese momento como uno de los más felices de mi vida. Acabábamos de traer al mundo algo nuestro. Mi mujer lo había hecho posible. Lo habíamos conseguido.
   La sensación de alivio fue general. Desde la propia madre hasta las matronas. Tengo la sensación de que el parto fue mucho más delicado de lo que nunca nos dirán. De hecho a Mateo se lo llevaron inmediatamente a la pediatra para examinarlo. Según ellas para asegurarse de que no había tragado el líquido con su caca, pero yo creo que querían asegurarse que todo estaba bién. La propia pediatra vino a los 5 minutos para tranquilizarnos. Nos dijo que no había ningún problema y nos dió la enhorabuena.
   La felicidad fue completa cuando a los 10 minutos nos lo trajeron y ya pudimos verle bien. El pobre tenía la cabeza toda ahuevada hacia su lado izquierdo fruto de tanto tiempo entrando y saliendo. Tenia un gorrito que le cubría su tremenda mata de pelo negro heredado de la madre sin ninguna duda. No lloró casi nada. Ni siquiera cuando le metieron en los ojos una pomada de antibiótico o le pincharon.
   Ya con él en brazos, esperamos a que terminasen de coser a mi mujer durante un largo rato porque el corte era bien grande, y finalmente volvimos a la habitación donde había estado dilatando.
   En ese momento comenzaba nuestra nueva vida. Desde ese instante dejamos de ser dos para ser tres. Mateo ya estaba con nosotros.

martes, 27 de marzo de 2018

DIARIO DE UN PAPA PRIMERIZO: El Parto I

   Todo comenzó sobre el medio día del martes 27 de febrero. Mi mujer empezó a sentir unas molestias en la zona lumbar. En un principio no debería tener mucha importancia, pero cuando estás embarazada de 41 semanas, en embarazo prolongado, y los dolores vienen y van de manera constante, eso sólo puede significar una cosa: estábamos de parto!!
   Inicialmente las molestias eran llevaderas, o eso me decía mi mujer, y aunque venían con bastante frecuencia nosotros teníamos pensado permanecer en nuestra casa el mayor tiempo posible. Ese es el consejo que te dan las matronas. En el hospital no te van a hacer nada en una fase tan temprana, y por lo menos de esa forma estás tranquilo en tu casa.
   Siguiendo con nuestra idea inicial decidimos esperar hasta que las contracciones fuesen más intensas y seguidas (la teoría dice dos contracciones cada 10 minutos). Aprovechamos el tiempo para comer, revisar la maleta que íbamos a llevar, darnos una ducha, y a media tarde avisamos a mi madre para que fuera viniendo hasta nuestra casa. Mi madre es enfermera y nos iba a acompañar durante todo el proceso.
   Sobre las 7 de la tarde, ya con contracciones bastante frecuentes, decidimos poner rumbo al hospital. Como no podía ser de otra manera me olvidé las llaves del coche en casa y tube que dar la vuelta corriendo para que mi mujer y mi madre no se congelasen en la calle. Posiblemente ese día será recordado como el más frío del año en Gijón.
   Al llegar al hospital tuvimos suerte encontrando aparcamiento a la primera y entramos caminando por la zona de urgencias donde nos tomaron los datos y nos mandaron pasar a la sala de espera.
   Mi mujer y mi madre se fueron acompañadas de una enfermera y yo me quedé allí esperando hasta que, pasados unos minutos, otra enfermera me vio y me preguntó qué estaba haciendo allí. Supongo que la maleta y mis pintas le hicieron pensar que era un indigente tratando de pasar la noche bajo techo. Le expliqué la situación y me dijo que tenía que pasar directamente a la sala de espera de ginecología. Allí me encontré de nuevo con mi mujer y, después de esperar un rato, la vio el ginecólogo y nos mandaron subir a la planta.
   Nuestra gran suerte fue que nos dieron una habitación para nosotros solos. El miedo que tenía era no saber con quién nos tocaría compartir cuarto, y más en unas circunstancias tan incómodas. Afortunadamente nos comentaron que no había mucha ocupación en la planta, y que sólamente en caso de que se llenase nos molestarían poniendo una segunda cama.
   La habitación no era muy grande pero disponíamos de todo lo necesario. Una cama, dos sillas y un sillón reclinable que me torturaría la espalda las dos noches siguientes. Al estar solos pudimos disponer de los dos armarios y del baño a nuestras anchas.
   Mi mujer seguía sintiendo dolores cada vez más fuertes, pero las instrucciones que nos dieron fueron que teníamos que esperar hasta que las contracciones fuésen cada dos minutos. Con móvil en mano me dediqué a cronometrar la frecuencia hasta casi las 12:30 de la loche. Para ese entonces los dolores ya eran bastante insoportables y se repetían cada 2 minutos, minuto y medio, en ocasiones 3 minutos. Variaban pero eran muy fuertes y frecuentes. En ese momento decidimos llamar a la matrona para que nos preparasen para poner la anestesia epidural y nos bajasen a dilatación.
   La visita de la matrona fue todo un jarro de agua fría. Le hizo una exploración a la futura mamá y nos dijo que no había ninguna dilatación. Para encima resultó que la mayoría de dolores que mi mujer estaba sintiendo, aunque recurrentes, no eran contracciones. Después de tantas horas de dolor no es nada esperanzador escuchar que la cosa ni siquiera comenzado. Para mi mujer tuvo que ser horrible imaginar lo que se le venía encima en una noche que no había hecho más que comenzar.
   La matrona se despidió de nosotros recomendándole a la parenturienta que se diese una ducha de agua caliente para relajarse y soportar mejor los estragos y nos dijo que la avisásemos cuando tuviésemos contracciones reales cada dos minutos. No es que fuese borde con nosotros, pero en nuestra situación no hubiese estado de más un poco más de empatía por su parte. La noticia que nos había dado nos hundió la moral, y sobró el tonito de "no me hagáis perder más el tiempo".
   La ducha caliente ayudó en cierto modo, pero las horas siguientes fueron duras. Caminando por la habitación, apoyándose en la pared, sentada en la cama, mi mujer ya no sabía cómo ponerse para soportar los dolores. A las tres de la mañana la cosa era tan insoportable que decidimos volver a llamar a la matrona.
   En esta ocasión las noticias no fueron tan malas. Después de la exploración nos dijo que ya había 3 centímetros de dilatación. Aunque inicialmente pueda parecer poco, para nosotros resultó todo un alivio saber que el tiempo sufrido, ahora sí, había servido para algo. Yo creo que la matrona nos vió tan desesperados que decidió que fuesemos pasando a dilatación y que preparasen a mi mujer para la anestesia epidural.
   Otro golpe de suerte que tuvimos fue que al anestesista se le juntaron otras dos mujeres de parto a la vez que nosotros. Como eran las 3 de la mañana y el hombre debía de querer volver a acostarse decidió hacer un 3x2 y le puso también la anestesia a mi mujer junto con las otras dos. Normalmente no recomiendan hacerlo hasta los 6 centímetros de dilatación y nosotros sólo teníamos 3, pero visto el sufrimiento pasado, creo que nos ahorró unas cuantas horas de dolor.
   Mi madre y yo esperamos sentados en la sala de espera de la planta durante un largo rato hasta que nos dijeron que podíamos pasar a la zona de dilatación donde ya estaba mi mujer. La encontramos mucho más calmada y ya sin dolores, recostada en una cama en un pequeño cuarto donde ya esperaríamos hasta pasar al paritorio. Incluso la matrona le recomendó que durmiese un poco porque con la anestesia la cosa iba para largo. Según ella a razón de centímetro cada 2 horas y necesitábamos llegar a 10.
   Con las horas que nos quedaban por delante, mi madre insistió en quedarse y yo volví a nuestra habitación a intentar descansar un poco. Quedaron en avisarme cuando todo estuviese un poco más avanzado. No recuerdo que hora era, pero con el estrés de las horas pasadas me quedé profundamente dormido en aquel incómodo sillón.
 

EL PINCHÓMETRO: Café Mepiachi


   Lo descubrí gracias a un amigo, y no tardé en comprender porqué lo recomendaba. Café Mepiachi (esquina c/Cabrales - c/ Covadonga - Gijón). El sitio es caro, no hay que negarlo. Un vino de la ribera del duero puede rondar los 2,75 euros, pero por lo menos sabes que parte del dinero está bien invertido en un pincho más que notable. En este caso patatas con salsa de queso azul y criollo, empanada, aceitunas y patatas fritas. Destacar también que si repites consumición te vuelven a poner pincho, o eso me pareció ver en la mesa de al lado.

DIARIO DE UN PAPA PRIMERIZO: Nuestra primera noche solos

   El sábado 24 de Marzo de 2018 pasará a la historia como el primer día que Mateo y yo nos quedamos solos en casa. En principio puede no parecer gran cosa, pero para un bebé que es adicto a la teta de su mamá es todo un mérito estar unas cuantas horas sin su dosis de leche.
   El tema es que la mamá tenía una cena con unas amigas y era una pena que no pudiese ir. Así que nos organizamos para que el bebé quedase bien cenado justo antes de que mi mujer a las 11 de la noche cogiese un taxi en la puerta de casa.
   Estuvo a punto de darme un ataque de pánico cuando, acabando de cerrar mi mujer la puerta de casa, Mateo empezó a llorar. Por un momento pensé en asomarme a la ventana y abortar la misión al grito de "no nos abandones"! Pero por suerte el pequeño se calmó y como consecuencia el papá se calmó también. 
   Como Mateo estaba un poco ansioso decidí portearlo, y aunque al principio intentó resistirse un poco, terminó quedándose tranquilo.
   Una vez la situación estuvo controlada me pedí una pizza y me preparé una buena jarra de cerveza. La pizza me la tuve que comer dando paseos por la casa porque Mateo quiere mucho a su padre y decidió que lo mejor sería que su papá hiciese ejercicio para bajar mejor las calorías que se estaba comiendo. Con tanto paseo la cabeza del peque terminó llena de migas de pizza y puede que con un cierto olor a carbonara, pero por suerte una vez que vió que ya habíamos hecho suficiente cardio se quedó profundamente dormido.
   Aproveché entonces para sentarme en el sofá y ver una película. Todo estaba saliendo a la perfección. De hecho pensé que habíamos superado la prueba, pero ya casi al final de la película la jarra de cerveza empezó a hacer efecto y me entraron unas ganas tremendas de ir al baño. Algo que en principio no debería suponer ningún problema es toda una misión imposible con un bebé dormido atado al pecho. Para no despertarlo los movimientos tienen que ser como los de un ninja y por supuesto olvídate de encender la luz. Una vez en el baño la sensación era la de estar meando con un cinturón de yihadista. Cualquier fallo podía ser fatal y terminar ocasionando el despertar de una bestia hambrienta gritando de tal manera que hasta su madre lo iba a oír desde el restaurante.
   Finalmente no ocurrió nada y pude volver a terminar de ver mi película. Decidí no volver a tentar la suerte y me quedé inmóvil en el sofá viendo la tele hasta que la madre llegó de vuelta a las 3:15 de la mañana. Mateo seguia dormido y yo había cumplido mi misión.  

martes, 27 de febrero de 2018

DIARIO DE UN PAPA PRIMERIZO: ¿Dulce espera?

   Aquí seguimos. Supuestamente salimos de cuentas el lunes 19 de febrero. Estamos a martes 27 y Mateo no parece que quiera salir.
   Este lunes hemos ido otra vez a monitores. Todo está correcto, pero el niño no tiene ninguna prisa. Quizá intuya que estamos en plena ola de frío y con lo agusto que debe estar ahí dentro no quiere asomar ni la patita.
   Nos han vuelto a citar en monitores pasado mañana jueves día 1 de Marzo. Supongo que si ese día sigue sin haber indicios de parto nos citarán directamente para inducirlo.
   Mientras tanto nosotros seguimos a la espera. Supongo que en cualquier momento puede ser que tengamos que salir disparados para el hospital, pero la espera se está haciendo larga. La barriga de mi mujer ya no da para mucho más y tenemos muchas ganas que empieze nuestra nueva vida. Después de 9 meses supongo que unas horas no deberían importar mucho, pero la verdad es que cuanto más cercano está el conocer a nuestro bebé, más dura se hace la espera.


ACTUALIZACIÓN DE ESTE POST: SON LAS 6 DE LA TARDE Y PARECE QUE ESTAMOS DE PARTO!!!

EL PINCHÓMETRO: Montelueño Comes y Cañas


   Una buena opción para un vermouth de domingo. En pleno centro de Gijón está Montelueño Comes y Cañas (Paseo de Begoña 8 - Gijón) y nada mejor después de dar un paseo por la zona que tomarse una caña bien fría. Pues si además nos acompañan la consumición con una cazuelina de lomo con patatas y pimientos pasa lo que pasa, que entran directos al Pinchómetro de Wallacelandia.