Como no podía ser de otra manera emprendimos el viaje con una hora de retraso. El no conseguir nunca salir a la hora es algo que empezamos a tener asumido. Así pues, a las 2 de la tarde del viernes (26 de mayo) emprendíamos camino a Galicia. El plan era parar a comer por el camino para que las 3 horas 45 minutos de viaje que nos predestinaba el google maps se hicieran más llevaderas, pero por cuestión de horario no pudimos adelantar mucho trayecto y sobre las 3 decidimos parar a comer en Ribadeo. Por lo menos ya estábamos fuera de Asturias aunque solo fuera por unos metros.
Siguiendo las referencias de TripAdvisor el restaurante elegido fue O Piano. Se trata de una parrilla a las afueras que nos sorprendió positivamente. Pedimos una de pulpo a la plancha, churrasco de cerdo y brochetas de solomillo ibérico con bacon. Todo estaba bueno y el único problema aunque parezca imposible fueron las raciones tan abundantes. Solamente con el pulpo casi habríamos comido y por solo 13,5 €. El churrasco era todo un costillar de cerdo partido en trozos, y las brochetas traían ni más ni menos que 5 piezas de solomillo rodeadas de bacon. Sobró casi la mitad y no quedó espacio ni para un mísero postre. Para colmo, cuando uno no puede beber, van y te invitan a los chupitos dejando las botellas sobre la mesa para que te sirvas cuanto quieras. La vida no es justa!!
El resto del trayecto pasó relativamente rápido y en algo más de dos horas estábamos llegando a O Grove. El hotel lo encontramos sin problema. Se trataba del un hotel Louxo en la isla de la Toja. Dejamos nuestras cosas, nos dimos una ducha y después de preguntar en recepción por unas indicaciones básicas salimos a dar un paseo, tomar unos vinos y cenar. Desde el hotel hasta el centro de O Grove tardamos unos 25 minutos. Había que cruzar un puente que une la isla de la Toja con el pueblo. A medida que paseábamos nos llamaba la atención la cantidad de marisquerías que había. Todas con sus menús anunciados en la puerta esperando seducir a algún turista. La mariscada la teníamos planeada para el día siguiente, así que esa noche nos dedicamos a tomar unos albariños y pedir alguna tapa. Nos decepcionó un poco la falta de ambiente que había en calles y bares. La sensación era de pueblo turístico a la espera del verano. Todo estaba abierto, pero las barras estaban casi vacías. El vino de la zona nos gustó mucho. Es fresco y entra solo. También nos sorprendió el precio de algunos mariscos. Tomamos una tapa de navajas a la plancha por 8 euros que en Gijón no la encuentras por el doble, y las zamburiñas también estaban baratísimas. La noche la terminamos en el casino de La Toja, junto al hotel. Teníamos entrada gratis y encima nos invitaban a unas copas de cava. Por desgracia, para variar, salimos con perdidas.
Después nos dirijímos a conocer dos pueblos de los que nos habían hablado muy bien: Portonovo y San Jenjo (San Xenxo). Están prácticamente pegados el uno al otro. Portonovo no nos gustó demasiado. El pueblo es bonito, pero había muy poco ambiente. Sin embargo San Jenjo nos sorprendió por lo contrario. A pesar de notarse que faltaba muchísima gente (el 80% de las persianas estaban bajadas, seguramente por ser pisos solo de veraneo) nos encontramos un pueblo con una vida impresionante. El paseo marítimo estaba repleto, las terrazas a rebosar y se respiraba un gran ambiente. Dimos un paseo junto a la playa hasta llegar al puerto, y después nos sentamos a una cafetería a tomar un helado y una coca-cola. Se estaba de lo más agradable.
Nos llamó especialmente la atención el pulpo a la gallega con queso de tetilla fundido. Nunca lo habíamos probado y nos gustó bastante. Además debe de estar haciéndose popular porque lo ofrecían en varios sitios. Ya de madrugada, aun nos dio tiempo a complicarnos un poco la vida siguiendo el consejo del dueño venezolano del último local donde paramos a tomar un vino. Terminamos tomando una copa en un bar llamado Doctor Livingstone. Puede que hubiese sido mejor saltar esta ultima parada, pero el local impresionaba. Tal cual nos lo describió el venezolano, estaba decorado con motivos del África colonial y solo por mirar los detalles de las paredes y estanterías merecía la pena.
Destacaría especialmente los langostinos crujientes que tomamos en la viñoteca Envero. Nunca había probado un crujiente hecho con ese tipo de pasta. Buenísimos.Y ahora, contador a cero para un nuevo año lleno de emociones, momentos por vivir, risas, llantos, experiencias, lecciones por aprender y lo que tenga que venir. Pero juntos.
